En Crisis

Los treinta pueden ser una edad controvertida y también muy confusa. 

La sociedad de hoy marca que en este punto de tu vida deberías estar orientada a buscar pareja (si es que no la has encontrado todavía), y por ello, crear un proyecto de futuro en el cual la compra de una vivienda, casarte y finalmente tener niños van de la mano. 

Por supuesto, casa, pareja y niños no se conciben sin la adquisición también de un buen vehículo (de primera mano y financiado) que acompañe nuestro día a día.

Parece que este es el camino óptimo para hallar la felicidad, y pese a que el paradigma social está cambiando y nos comenzamos a mover por otros valores, nuestro inconsciente colectivo sigue atado a esa idea preconcebida de lo que DEBE SER para encontrar la plenitud. 

Al fin y al cabo somos una generación que creció con Disney.

Algunas de nosotras no percibimos la realidad de este modo, pero aún dispuestas a romper moldes, vemos como nuestras expectativas y por ello nuestras emociones, muchas veces siguen estando definidas por aquello establecido socialmente. 

Sabemos que no queremos vivir de esa manera, y que por lo tanto, lo que muchos consideran fuente de felicidad eterna, a nosotras no nos sirve.

No nos hace vibrar, pues percibimos el carácter efímero que se esconde dentro del ideario de estabilidad personal y plenitud que priman en nuestra realidad cultural. 

La crisis de los 30.

Yo, particularmente, un día ya cansada de mi diminuto mundo envuelto en tristeza, pérdidas e insatisfacción, en parte generados por la frustración de no poder seguir el ritmo establecido que marcaba mi entorno, decidí volar lejos. 

Quería irme a algún lugar donde nada me hiciera recordar mis orígenes (ni siquiera mi idioma), para poder comenzar de cero. 

En aquel momento “sabía” que aquel cambio iba a suponer un renacer para mí, y aunque nada estaba más lejos de la realidad, parece que mi nueva etapa en Inglaterra iba a ser imprescindible en mi viaje hacia el despertar que me permitiría volver a nacer a la edad de 30 años.

Ahí estaba la crisis de los 30.

Es comúnmente sabido que huir nunca es la solución a nuestros problemas, pero, a veces, es necesario alejarte física y psicológicamente mientras te ocurren. 

Aunque solo sea para darte cuenta precisamente de esto, de que nunca es la solución. 

Tú viajas contigo, con tus pensamientos y también con tus emociones, y éstos te acompañan a tiempo completo. Independientemente de en qué lugar del mapa te encuentres, qué tipo de vida lleves o con quién te relaciones. 

Quizá logres despistar a tu psique por un momento, pero los problemas no resueltos se manifestarán más tarde. 

Sí. De muy diferentes formas, tarde o temprano, hasta que tengas el valor de enfrentarte a ellos. 

A mí me llevó cuatro años y tres meses darme cuenta de que necesitaba volver a mi lugar de origen. 

Ser capaz de enfrentarme a los demonios, que por años me habían acompañado dificultando así mi vida, sin ni siquiera ser yo consciente de ello. 

Así que, compañera, si necesitas alejarte, aléjate, pues aunque no se trate de ello la solución, en realidad, quizá forme parte de la misma.

Recuerdo el verano de mi marcha a Inglaterra como si fuera ayer, y al mismo tiempo como si de otra vida se tratara. 

Enfrentaba una ruptura sentimental desgarradora, sin posibilidad de trabajar y en el seno de una familia enferma y disfuncional. 

Así, decidí salir de aquella negra realidad psicológica para embarcarme en una aventura que ahora sé, nunca olvidaré.

Supongo que los acontecimientos que marcan nuestras vidas nos conducen a nuestra realidad actual, y que por ello, cada uno de ellos nos hacen tomar decisiones que en su día tomamos por algún motivo para nosotros legítimo, con unas consecuencias definitorias. 

Considerándolas unas decisiones más acertadas que otras, ellas determinan donde nos encontramos ahora mismo en todos los planos que configuran nuestra vida, y lo más importante, que definen quienes somos. 

Los errores son los mejores maestros, pues generan problemas que llevan consigo un dolor. Ese dolor genera una necesidad de alivio a través del cambio y de la resolución de un problema. Y de esta forma, nuestra mente es capaz de elaborar recursos y herramientas propias para poder hacernos cargo del problema y de nosotras mismas. 

Ya concebía Siddharta Gautama Buda el dolor como vehículo de conciencia y pese a la dureza de sus palabras, éstas no podían contener mayor certeza.

Creo que todos deberíamos estar orgullosos
de nuestro pasado, pues negar nuestro pasado es negarnos a nosotros mismos. 

Él determina quienes somos ahora y por tanto quienes seremos en un futuro.

Alguien me dijo una vez que todo el mundo experimenta alguna que otra muerte de sí mismo en vida, y que son esas muertes las que nos ayudan a vivir el resto de nuestros días de forma más presente y consciente.

A la edad de treinta años morí, pero volví a nacer con un corazón fuerte y libre.